Carta de amor a «solo» una amiga

Aura García-Junco

Un día de mis 20 años subí corriendo la escalera que llevaba al tercer piso de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Cuando llegué al último escalón, algo me detuvo. Cruzando el rellano grande que sirve de recepción en cada piso, entre estudiantes desgarbadxs y entusiastas, te vi. Y, lo que es más importante, tú me viste. Y las dos, quién sabe cómo, nos quedamos anudadas de los ojos. Nunca en la vida he vuelto a experimentar un momento tan poderoso y a la vez tan clichesco: el mundo, simple y sencillamente, se detuvo por unos segundos. No era la primera vez que te veía. Ya me gustabas desde hacía mucho, cuando pasabas con tus faldas largas y frondosas sobre unos tenis usados, el pelo claro despeinado y los ojos verdes limpios y amables. Había escuchado tu risa (una risa libre, a boca abierta y cabeza reclinada) desde lejos, y a veces, discretamente, desde cerca. Aún así no sabía quién eras, ni que estudiabas, mucho menos imaginé que podría gustarte. Me era difícil en ese entonces y todavía ahora, saber qué mujeres se sienten atraídas por otras mujeres. Ese día en la escalera ya no quedaron dudas posibles. Muchos años después me contaste que los amigos con quienes estabas (que por supuesto ni siquiera vi), se rieron de ti por ese momento de parálisis que se comió el tiempo. Entonces supe que había sido real, que nos quedamos en ese éxtasis un momento largo y no fue el tiempo el que se detuvo sino nosotras. Pero esta carta no es para hablar de ese instante (aunque sin él nada de esto existiría) sino quizás para disculparme por no haber logrado desentrañar las finas hebras que terminaron por romperse.

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Dos años después nos vimos para tomar un café. Era la primera vez que hablaríamos en persona, sólo habían mediado un par de mensajes desde perfiles de facebook encontrados por azar. No sabía si aún te gustaba, con todos los años entre la escalera de la Facultad y ese momento. Sentadas en mi sala de muebles reciclados nos hundimos muy literalmente en un sillón que rogaba por jubilarse. Hablábamos y nos íbamos cada vez más hacia un costado, felizmente llevadas por la gravedad del relleno desvencijado, hasta estar muy juntas. Me contaste cómo escapaste de casa por primera vez, huyendo con un novio, cuando eras una adolescente. Yo te conté cosas menos interesantes. Escuché de frente esa risa que antes le robaba al eco en los pasillos y te respondí con la propia, incrédula de su suerte. No nos besamos aunque daba igual porque la tensión en el aire era tan poderosa como un beso. Sabíamos que una chispa hubiera bastado para poner el mundo en acción. 

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Recuerdo la primera vez que fui a tu casa. Ya nos habíamos declarado nuestras oscuras intenciones por mensaje. Esa caminata de unos pasos a lavarnos las manos, ya solo en ropa interior, tú delante de mí, yo viendo tu espalda fuerte, de bailarina. El pelo siempre un poco maltratado sobre tus hombros, y la sensación de irrealidad de estar ahí, cuando ya había pasado por no saber tu nombre, por que, luego del momento magnético en la escalera, hubieras desaparecido de la carrera y de la facultad, por que nadie de las pocas personas a las que me atreví a preguntar me pudieran dar razón de si volvías, en fin, por el abandono de toda esperanza. La irrealidad de estar a punto de conocerte como nunca pensé que te conocería, de probar una de las primeras experiencias con una mujer y a la vez esa complicidad tan profunda de las horas de hablar de sueños y dolores.

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Nos quisimos mucho. Al mismo tiempo queríamos a otros. Yo tenía un novio con el que llevaba algunos años, tú tenías un novio con el que llevabas poco. Todos sabían que nuestra amistad siempre iba acompañada de besos. Con el tiempo, los novios cambiaron, pero nosotras seguíamos siendo las mismas, que se besaban solas o en fiestas, en la parada del metrobús o entre paredes, que se llamaban cuando les rompían el corazón. No creo que ninguna tuviera un término para describir lo que éramos, no sé si lo queríamos. Era precioso, una amistad que era un amor también, deseo y sosiego. Y los demás tenían que aceptarlo, aunque los celos los corroyeran de vez en vez. 

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Por muchos años pensé que algo así no podía terminar nunca porque era como el agua que rodea todo lo demás, ligera y móvil, capaz de adaptarse a todos los recovecos. El problema, creo, es que muchas veces sólo nos dimos esos espacios que rodeaban a otros. La fiesta a la que te invitaba y llegabas invariablemente con un hombre. El mensaje que no te contesté por contestarle a uno. La vez en la playa en que te encontraste a un tipo y decidiste iniciar un romance aunque eso implicara dejarme a solas con tu amigo, el que no me caía bien. Cuando me alejé de ti al sentirte muy enamorada por miedo a estarlo yo también. Las mil llamadas de dolor por el mismo tipo. Mis escapes constantes a mi mundo interior. La falta de límites. Las cosas que no nos atrevimos a hablar cuando parecía que podíamos hablarlo todo. 

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Tengo una hipótesis simple que, en cierto sentido, es la misma de siempre: nos dimos por sentado. Porque lo nuestro no tenía nombre y el único nombre que se le da a una relación así es el de amistad, pensamos que no podía terminarse. Ya se sabe: los amores caerán uno a uno, pero la amistad no se acaba nunca. La amistad tolera todo. La amistad va por debajo del amor de pareja. Parecería incluso que si le pongo el nombre de amiga, degrada la relación por debajo del sacrosanto epíteto de novia. Para mí no se sentía de esa manera, tampoco, creo, para ti. Fuimos lo que estaba cuando las otras cosas caían una a una, incluso las que sabían a permanencia. Nuestra fortaleza fue nuestra desgracia: al ser lo que estaba cuando lo demás se iba, parecía que iba a durar para siempre. Y por un tiempo así fue: con altas y con bajas, éramos la mirada imantada de esa escalera y la amistad que de ella vino.

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Eres la mujer a la que más quise así hasta entonces y creo que ni siquiera en mi recuerdo te había dado el lugar que mereces. Pienso ahora cuánto de la heteronorma no hay aquí, en este vacío de sensaciones que me había impedido por tanto tiempo dimensionar esta experiencia. Es la heteronorma, sí, pero también, mucho, es la monogamia interna, es el monopolio de la idea de pareja principal por sobre las otras relaciones. Pareja y hombre por encima de amistad y mujer. Es la nuez de cómo aprendí a jerarquizar mis afectos.  

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Siempre existe el impulso de pensar que lo pudimos haber hecho mejor. Que pudimos haber sido más claras para no herir o abandonar, para no ejercer los descuidos que fueron horadando la relación, de a gotita a gotita. No sé. A lo mejor lo hicimos lo mejor que podíamos con todos esos apegos y expectativas a cuestas. Éramos jóvenes y no teníamos experiencia en esto. Lo que sí tengo seguro es que lo pude hacer mejor después, que incluso en mis recuerdos seguí fallando. Esta carta es, a lo mejor, un intento muy tibio de remendar la memoria y poner los retazos, recuerdos y alegrías en un nuevo espacio. Si existe algo así como buscar nuevas jerarquías en los recuerdos, quiero intentarlo, aunque eso no componga el pasado. A lo mejor este sí es uno de los pocos casos en los que se podría decir que conocer la historia evitará que se repita en el futuro.

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